Enfermería Intercultural

Una apuesta por la Interculturalidad en el campo de la Salud

“El tren”, un relato corto de #prejuicios que se vencen. #Interculturalidad

Posted by Dr. Fernando Plaza en 26 febrero, 2017

 

Este es el comienzo del capítulo sobre los prejuicios y estereotipos del libro Comunicación, cuidado y vida en la diversidad. Una propuesta de formación intercultural. que publicaré en unos meses.

No temas sino a ti mismo,

no dudes sino de lo que analices superficialmente,

no niegues sin primero reflexionar.

Sepárate de la multitud que opaca tus ideas,

sé tú mismo y piensa por ti mismo,

no te limites.

John Baines (Darío Salas Sommer)

 El tren.

Como todas las mañanas que salía el tren Diurno García Lorca con destino al Sur, la Estación de Barcelona-Sans era un ir y venir de viajeros cargados de maletas y paquetes. Antonia había llegado pronto para evitar el bullicio, un buen rato antes de la salida ya estaba en el compartimento y había tenido tiempo de colocar sus bultos. Desde que su marido se jubiló, siempre esperaban a finales de septiembre para bajar al pueblo y pasar una temporada. Ahora le tocaba hacer el viaje sola, ocho meses antes su marido había muerto.

Antonia era una mujer trabajada, su cara marcada por el paso del tiempo y sus manos deformadas por la artrosis la delataban. Zapatillas negras, medias negras, vestido negro y una toquilla “por si refresca”, el pelo muy corto y el bolso sobre las piernas agarrado con las dos manos, es lo que vio Jesús al llegar al umbral de la puerta del compartimento que compartirían.

Jesús tenía 19 años, con su mochila de montaña y el aspecto del que vuelve a casa después de un mes yendo de tren en tren por Francia. Delgado y alto, con el pelo ondulado quemado por un verano de sol, cordón de cuero al cuello, camiseta vieja con las mangas cortadas, vaqueros cortos con los bajos deshilachados y unas sandalias desgastadas.

Cuando Antonia vio a Jesús se estremeció y no pudo evitar agarrar con más fuerza su bolso, Jesús se dio cuenta, pero evitó cualquier gesto que pudiera incomodar aún más a su inevitable compañera de viaje. Buenos días –dijo, mientras colocaba la mochila en la leja de arriba.

El García Lorca a finales de los 80 era uno de esos trenes con incómodos asientos de escay que paraba continuamente e iba desenganchando vagones con distintos destinos; Málaga, Granada, Almería. Muchísimas horas de viaje, unas 16 que parecían el doble.

Durante la mañana Antonia y Jesús evitaron hablar, se observaban intentando no cruzar sus miradas. Horas eternas mirando a través del ventanal. Ella deseosa de reencontrarse con sus recuerdos de infancia y juventud, con los sabores, los olores que no pudo llevarse a Cataluña. Él impaciente por llegar a su ciudad y poder empezar a contar a sus amigos cada detalle de su aventura.

Ya empezaba a picar el hambre y Antonia se levantó para coger el cesto donde llevaba su comida, el vaivén del viejo tren le hizo tambalearse y Jesús se apresuró a sujetarla para que recuperara el equilibrio. ¿Está usted bien? ¿se ha mareado? Siéntese, no se preocupe yo le bajo el cesto – le dijo-. No es nada, gracias –le respondió Antonia mientras lo miraba con cierta sorpresa.

Minutos después Antonia le ofreció una fruta, que Jesús aceptó después de que tuviera que insistir un par de ocasiones. Poco a poco empezaron a intercambiar gestos, miradas, la comida que llevaban, … empezaron a charlar. Y así pasaron la tarde.

Antonia hablándole de lo difícil que fue abandonar su pueblo cuando se casó y emigró con su marido a Barcelona, como tantos miles de almerienses de la época. “De mi pueblo nos fuimos toda la juventud” –decía. Le contó los problemas de los primeros meses, lo complicado que se hacía cubrir los gastos y poder ahorrar algo para mandarle a su madre. Todo cambió cuando a su marido lo contrataron en la Seat, “a partir de ahí ya todo fue mejor, hemos tenido tres hijos y los tres tienen buenos trabajos en Barcelona”. Orgullosa de su vida, de su familia, de su esfuerzo recompensado.

Jesús, sin embargo, solo hablaba del futuro, de sus planes, de lo que iba a estudiar, de los viajes que haría, de la vida que tenía que construir.

Y entre recuerdos de una y proyectos del otro fueron pasando las horas. Bien entrada la noche, el convoy por fin entró en la estación de Almería.

Primero bajó Jesús con su mochila a la espalda, ya lo estaban esperando, se giró y volvió a estirar los brazos hacia el interior del vagón y sacó el cesto y la vieja maleta de Antonia, la esperó abajo. Se dieron un abrazo y ella a él un beso en la mejilla, de esos de abuela que suenan fuerte, “si pasas por Barcelona no dejes de venir a verme muchacho” –le dijo, mientras ponía en su mano un trozo de papel con sus señas.

La madre de Jesús observaba la escena con atención, cuando se acercó su hijo le preguntó, “¿quién es esa mujer?”. Jesús respondió con una sonrisa, “es Antonia, una amiga”.

estacion-ameria-espacio-de-viasLos prejuicios.

El origen etimológico del término prejuicio viene del latín, procede de la palabra praeiudicium que puede traducirse como “juicio previo”. El prejuicio es la acción y efecto de prejuzgar, juzgar las cosas sin tener conocimiento suficiente o antes de tiempo. Un prejuicio, por lo tanto, es una opinión previa acerca de algo que se conoce poco o mal (RAE, 2014).

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