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¡No a las leyes falocráticas y racistas! Artículo de Diagonal

Posted by Dr. Fernando Plaza en 9 mayo, 2011

La profesora, activista y feminista musulmana NDEYE ANDÚJAR reflexiona sobre los falsos debates que se ocultan detrás de la legislación francesa sobre el velo integral. Un interesante artículo para alimentar el debate y hacernos pensar sobre qué se esconde detrás de estas leyes “contra los símbolos religiosos” ¿o tal vez no?

Desde que, hace unas semanas, se hiciera efectiva la ley que prohíbe taparse el rostro en un espacio público en Francia, me han llovido las consultas de los periodistas. Me hubiera gustado que el interés suscitado fuera el mismo cuando se trata de otros temas que afectan realmente a las mujeres: la discriminación laboral, el racismo, los obstáculos para una participación política activa, el aumento de la pobreza, etc. Pero parece ser que las ansias de liberar a las pobres musulmanas se basan en criterios sumamente selectivos.
He participado en encendidos debates en las redes sociales con otras feministas sobre el mal llamado burka. Escribo este artículo ante la postura de muchas feministas no musulmanas que se han alineado con las tesis de la ultraderecha, haciendo oídos sordos a la manipulación a la que están siendo sometidas y a cómo están validando de esa manera los discursos fascistas en lugar de luchar contra ellos.
Llevo 10 años trabajando en Francia como profesora de secundaria. Soy musulmana y feminista, y por eso no puedo aplaudir la aplicación de unas medidas injustas y sexistas. En 2004 se aprobó la ley que prohíbe los signos ostensibles en la escuela en nombre de la laicidad à la française. La Comisión Stasi, encargada de decidir sobre la viabilidad de elaborar una propuesta de ley, decidió proteger supuestamente a las chicas a las que los malos malísimos hombres musulmanes les obligaban a ponerse el hiyab.
Se suponía que así encontrarían un espacio de libertad en el que podrían mostrar su cabello al viento y, aunque fuera durante unas horas al día, se sentirían por fin liberadas. Eso sí, todo ello sin preguntárselo a las primeras interesadas: a ellas ni siquiera se les concedió el derecho a expresarse. Algunas intentaron expresar su malestar, denunciar la manipulación que sufrían, pero no encontraron ninguna tribuna que quisiera escucharlas.Se les cerraron todas las puertas: las de la escuela y las de su país.
La ley se adoptó, se expulsó a algunas chicas que sacrificaron los años de estudio más importantes de sus vidas. El uso del hiyab aumentó fuera de las aulas. Mis antiguas alumnas, que nunca se habían preocupado por su musulmanidad, ahora se ponían un pañuelo en la cabeza a la salida del instituto para gritar: “¡No en nuestro nombre!”
En 2009 la cruzada desveladora siguió adelante. Esta vez no se iba a permitir que las mujeres llevaran la cara cubierta en espacios públicos. Los argumentos que se utilizaron fueron principalmente que el burka –sí, esa vestimenta afgana que nadie ha visto en Europa– era un símbolo de opresión. Varias musulmanas laicas apoyaron esta tesis.
El debate produjo el efecto contrario al deseado: algunas mujeres musulmanas decidieron ponerse el niqab. Esa preocupación –y obsesión– por liberar a las pobres musulmanas atrapadas en una cárcel de tela –la misma que se utilizó en las guerras neocon– contrasta con la opinión pública que siente rechazo y animadversión hacia esas mujeres: “la libertad tiene ciertos límites, “que se vuelvan a su país”, “son quintacolumnistas del fundamentalismo”.
Por desgracia, hay muy pocas muestras de solidaridad, de empatía o de defensa de las mujeres con niqab, ni siquiera en un sentido paternalista, ni siquiera en ambientes feministas. ¿Cómo se explica que algunas personas sientan odio en lugar de defender a las supuestas víctimas? ¿Cómo es posible que ante lo que se supone que es una injusticia se las trate de manera injusta?
La respuesta la podemos encontrar en la construcción de la otredad. Si conseguimos deshumanizar al otro, barbarizarlo, no podremos sentir empatía alguna ya que no son como nosotros, son otros, son subhumanos. El propio concepto de otredad supone un problema porque quien tiene el poder para crear categorías que clasifican a las personas, se sitúa en una posición de superioridad.
Esto le permite decidir quién es el dominador y quién es el dominado, quién puede nombrar y quién es nombrado. Se arroga el derecho a estar en todas las categorías, en todos los espacios, mientras que el otro no tiene derecho a existir.
¿Por qué el movimiento feminista no ha aprovechado la ocasión para abrir un debate más allá del niqab?
La aprobación de estas leyes poco tiene que ver con la defensa de los derechos de las mujeres. Tanto la de 2004 como la actual han pasado a llamarse popularmente la ley contra el velo y el niqab, respectivamente. En lugar de ser leyes a favor de las mujeres. La connotación negativa es importante a la hora de percibir el problema.
Son cinco los argumentos usados para defender la última ley. El primero es que los signos religiosos no son bienvenidos. Esto no se tiene en pie. Si el niqab fuera un signo religioso entonces todos los signos religiosos deberían estar prohibidos en el espacio público: las kippas, las cruces, el hiyab, el velo de las monjas, las sotanas de los curas, etc. De hecho se vulneraría un derecho fundamental: el de la libertad religiosa.
Segundo argumento: es un símbolo de la opresión de las mujeres. Aceptemos que se trate de una vestimenta que oprime. ¿Por qué el movimiento feminista no ha aprovechado la ocasión para abrir un debate más allá del niqab? ¿No oprime también a las mujeres el ser esclavas de una imagen de eternas jóvenes, que deben seducir a los hombres? ¿Por qué nunca se debate sobre las vestimentas de los hombres? Es sintomático que la ley no haya surgido desde un debate consensuado de las diferentes corrientes feministas y en cambio haya sido impulsado por el Gobierno francés.
Si aceptamos que las motivaciones por las que las mujeres se visten con tal o cual prenda son diversas –culturales, estéticas, políticas, religiosas–, ¿por qué no podemos aplicar esos mismos criterios diversos al niqab? Desde una perspectiva feminista es impropio defender una visión esencialista de las prendas. Esta debería ser laica.
Tercer argumento: el rechazo a identificarse. La cuestión de la identificación va más allá de las vestimentas de algunas mujeres. Cualquier persona debería poder ser identificada en lugares concretos: los edificios públicos, el banco, etc. Pero eso no implica que se tenga que hacer de forma permanente en todos los espacios. De hecho la ley ya ha establecido una serie de excepciones: una vestimenta laboral, si es una expresión tradicional o artística o por cuestiones de salud.
No se trata del trillado relativismo cultural sino de denunciar una agenda política interesada
Cuarto argumento: es una barrera comunicativa. Una vestimenta que cubra la cara puede suponer una barrera a la hora de comunicarse con los demás. Pero todo dependerá de la actitud de la persona –en principio las bufandas en invierno nunca han supuesto un problema comunicativo–, y también es importante cómo son percibidas estas personas por sus interlocutores.
Quinto argumento: no es una vestimenta de aquí. Sorprende hasta qué punto la amnesia histórica hace mella en nuestras mentes. Son múltiples los ejemplos de mujeres que se cubrían el rostro hasta hace relativamente poco en España. A pesar de que los propios musulmanes insisten en que cubrirse la cara no es ningún imperativo islámico, tanto políticos como medios de comunicación refuerzan esa dimensión religiosa inexistente.
La insistencia tiene como objetivo evitar la normalización del islam en Europa. Esta crítica no intenta justificar cualquier expresión cultural, no se trata del trillado relativismo cultural sino de denunciar una agenda política interesada, de la criminalización de un colectivo que no defiende el niqab y de la apropiación de un pseudodiscurso feminista por parte de la ultraderecha.
Muchas feministas han caído en la trampa al creerse que hay un dilema entre la lucha antirracista y la lucha antisexista. Se trata de la misma lucha: la no dominación de un grupo –sexual, religioso, social, étnico– sobre otro. Hay sectores del feminismo crítico con el feminismo de Estado a los que se les está silenciando expresamente. Son feministas lúcidas que no se han creído que ¡de repente todos los políticos se hayan vuelto feministas! ¡Qué lejos queda aquel “prohibido prohibir”!

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